Mujeres cuidadoras, agotamiento y burnout

por María del Carmen Alemany Panadero, trabajadora social y periodista

Tradicionalmente en España, nuestra cultura de cuidado a las personas mayores o dependientes se ha basado en el cuidado familiar, ejercido casi siempre por las mujeres. Hijas y esposas abnegadas se hacían cargo de padres, abuelos o esposos mayores o enfermos. Actualmente, este modelo ha entrado en crisis, debido a cambios sociales, cambios en el modelo de familia, en el rol de la mujer con su incorporación al mercado laboral, y también debido a un aumento de las situaciones de dependencia por el aumento de la esperanza de vida. La población envejece, hay cada vez más personas mayores y dependientes, y las hijas y esposas trabajan.

Sin embargo, y a pesar de ser un modelo en crisis, nuestra sociedad no ha desarrollado aún un modelo alternativo de cuidados. Se sigue requiriendo de las mujeres que asuman el cuidado de personas mayores, enfermas o dependientes, de los niños, y que compaginen estos cuidados con su actividad laboral. Esta sobreexigencia tiene consecuencias en su salud y en su calidad de vida.

Un informe de la Confederación Española de Asociaciones de Familiares de Personas con Alzheimer (CEAFA) y la Fundación Sanitas (2017) estudia la situación de las cuidadoras en España. El perfil más habitual son mujeres, con una media de edad de 55–56 años, casi siempre esposas e hijas, que asumen el cuidado durante unos 6 años, dedicándole entre 8 y 12 horas diarias. Entre las consecuencias que afrontan estas mujeres nos encontramos las siguientes:

  • Personales. Renuncia vital a desarrollar la vida personal deseada, provocando angustia, estrés, depresión y ansiedad. Todos estos elementos están relacionados con el “síndrome del cuidador quemado”.
  • Sociales. Las exigencias de la atención obligan al cuidador a renunciar a una vida social normal, a abandonar amistades, actividades de ocio, etc.
  • Profesionales. La cuidadora principal en muchos casos ha de renunciar a desarrollar su vida profesional. En otros casos la compagina como puede, con la correspondiente sobrecarga.
  • Económicas. Se pierde la oportunidad de obtener ingresos, cuando han de abandonar su profesión.

Las mujeres cuidadoras afrontan muchas otras consecuencias además de las citadas, como los problemas musculo-esqueléticos por tener que levantar a la persona a la que cuidan para acostarla o asearla, problemas de salud mental, ansiedad y depresión, sentimientos negativos hacia el enfermo, rechazo y sentimientos de culpa, descensos en la respuesta inmune, úlceras gastroduodenales, conflictos intrafamiliares por desacuerdos sobre los cuidados y recursos que precisa la persona dependiente y por desavenencias sobre quién, cómo y en qué medida ha de cuidar, y problemas económicos que van más allá de la edad laboral, debidos a la reducción en las cotizaciones de la persona cuidadora, lo que puede dar lugar a que la cuidadora en pocos años se convierta en una persona mayor, pobre y con deterioro de su salud.

También puede tener consecuencias negativas para la persona que precisa cuidados. Mayores que tienen que permanecer solos largas horas porque su hija tiene que salir a trabajar, mayores que sufren situaciones de negligencia porque la cuidadora ha caído en una grave depresión, o emergencias familiares porque la cuidadora ha tenido que ser hospitalizada por una hernia discal, causada por movilizar a su madre.

Se trata de un problema social de primer orden, pues afecta a numerosas personas y familias. Además, se prevé que el número de afectados vaya en aumento conforme envejece la población. Las mejoras en la atención sanitaria, en la higiene y en la salud pública dan lugar a mejoras en la esperanza de vida (Alemán Bracho, 2013). No solamente hay cada vez más personas octogenarias y nonagenarias, también aumentan las personas jóvenes que sobreviven a accidentes graves gracias a la acción de la medicina. La esperanza de vida aumenta, pero en ocasiones esto tiene un precio a pagar: el aumento de las situaciones de dependencia, tanto de personas mayores como jóvenes. Este aumento de las situaciones de dependencia debe ir acompañado de medidas de los poderes públicos. Si no reaccionamos como sociedad ante esta necesidad, tendremos miles de cuidadoras enfermas y miles de dependientes en situación de crisis o emergencia cuando la cuidadora no pueda más o sea hospitalizada.

Existen ya algunos recursos específicos, si bien las plazas públicas son insuficientes para la demanda existente y las plazas privadas resultan muy costosas para el usuario. En los Centros de Servicios Sociales municipales se puede solicitar el Servicio de Ayuda a Domicilio, para prestar servicios de atención personal y/o doméstica. Los Centros de Día permiten la asistencia de la persona mayor o dependiente durante varias horas, permitiendo que la cuidadora principal pueda trabajar durante esas horas. Sin embargo, en los centros públicos las listas de espera no siempre permiten acceder a los recursos cuando se necesita, ni siempre se logra plaza el número de días y horas necesario para que la cuidadora pueda trabajar. Además no siempre es compatible un servicio con el otro, ya que existen unos baremos que determinan el número de horas de servicio que puede recibir el afectado, por lo que en ocasiones tienen que optar entre el Centro de Día y el Servicio de Ayuda a Domicilio. Por último, existen también residencias de mayores y/o dependientes, pero con importantes limitaciones para el acceso, ya que los servicios públicos son escasos y poseen largas listas de espera, y los privados son extremadamente costosos. Nos encontramos ante centros privados que disponen de plazas libre que muchas familias no pueden pagar, y centros públicos saturados y con listas de espera de meses o años. En este sentido, la prestación económica vinculada al servicio puede ser de mucha ayuda para cubrir estos gastos, pero los problemas de aplicación de la Ley de Dependencia y las largas listas de espera complican el acceso a esta prestación.

En otros países de nuestro entorno existe una red de servicios de cuidado a los mayores y a las personas en situación de dependencia que evita comprometer la vida y la salud de esposas e hijas. En España, sin embargo, seguimos considerando que la obligación de cuidar de las personas dependientes corresponde a la familia, y especialmente, a la mujer. En un conocido y demoledor artículo del economista Vicenç Navarro (2017), se realiza una comparativa del cuidado de personas mayores en España y en Suecia. La mujer del autor es sueca, y ambas familias, la suya en España y la de su esposa en Suecia, se vieron en la situación de tener que cuidar de una persona mayor dependiente. En Suecia, la suegra del autor tenía derecho a recibir cinco visitas al día del Servicio de Ayuda a Domicilio. La opinión generalizada en Suecia es que estos servicios resultan más económicos que mantener residencias y generan empleo. En Barcelona, la madre del autor únicamente tenía acceso a dos breves visitas del SAD a la semana, y la cuidadora principal era su hija. El autor señala lo siguiente:

“La mujer española cubre las enormes insuficiencias del Estado del Bienestar español, con un coste humano enorme. La mujer española tiene tres veces más enfermedades debido al estrés que el hombre. Tiene también un coste social elevado, pues la sobrecarga de la mujer explica que España tenga una de las fertilidades más bajas del mundo. La mujer española cuida a los infantes, a los jóvenes (que viven en casa de los padres hasta los 29 años como promedio), a sus parejas y a los ancianos, y, además, el 53% trabaja también en el mercado laboral. Ser mujer en España es ser un ser humano estresado por tantas responsabilidades, y con escasísima (prácticamente nula) ayuda por parte del Estado.”

Este es uno de los factores que explican el hecho de que Suecia tenga el porcentaje mayor de mujeres en el mercado de trabajo, y España tenga uno de los porcentajes menores de la UE. Por otro lado, los servicios públicos del Estado de Bienestar son una fuente de empleo, que según diversos autores podrían crear 3,5 millones de puestos de trabajo en España.

Consejos para cuidadoras

La Fundació ACE recoge en su web una serie de consejos para cuidadoras de personas con Alzheimer, que también pueden servir para cuidadoras de personas con otros tipos de dependencia.

  • Solicitar ayuda a familiares, ser capaz de pedir ayuda y delegar tareas.
  • Solicitar ayudas sociales o externas, acudir al psicólogo, a grupos de autoayuda de asociaciones, acudir a su trabajadora social para informarse del Servicio de Ayuda a Domicilio o Centros de Día.
  • Solicitar información y formación sobre aspectos médicos de la enfermedad o dolencia que padezca nuestro ser querido.
  • Marcarse objetivos realistas, no tener expectativas irreales (“va a mejorar”).
  • Mantenerse motivado y autorreforzarse en los éxitos, felicitándose a un mismo por sus logros.
  • No olvidarse uno mismo y cuidar de su salud, cuidar el descanso, el sueño y la alimentación, y acudir al médico cuando se necesite.
  • Evitar el aislamiento social, buscar momentos para ver a los amigos y familiares.
  • Saber poner límite a las demandas excesivas del paciente. En algunos momentos hay que saber decir NO.
  • Fomentar la autonomía del paciente, dejar que haga solo/a lo que pueda hacer de forma autónoma.
  • Hacer uso de centros de día, ayuda a domicilio o residencias si la situación lo requiere.

Foto: Washington Post

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