Refugiad@s y Schengen

por YAGO CAMPOS




La dramática situación de cientos y cientos de refugiad@s sigue estando presente, a pesar de que en las últimas semanas los periódicos y telediarios han dejado de abrir sus ediciones con esta noticia. Miles de personas siguen durmiendo a la intemperie y en pésimas condiciones sin que nuestros gobiernos consigan alcanzar un acuerdo satisfactorio y respetuoso con los Derechos Humanos.

Precisamente por esta dramática situación, muchos titulares auguraban la muerte del espacio Schengen, ese convenio que permite la libre circulación de personas entre los territorios de los estados miembros de la Unión y acaso uno los grandes logros del proyecto europeo. Me abochornó, al igual que a gran parte de la sociedad, que, ante un problema de tal magnitud, las instituciones en vez de apostar por la cooperación y la integración, dedicaran todos sus esfuerzos a la exclusión, a poner trabas y a mirar hacia otro lado.

Me abochornó, digo, esta posible solución y al mismo tiempo no dejó de resultarme paradójica. Ante una grave crisis humanitaria y con vidas en juego, se apuesta por la restricción de la circulación de personas. Cuando hemos sufrido, y seguimos sufriendo, una grave crisis económica, poner límites a la libre circulación de capitales es impensable. La desregularización salvaje de los mercados, en sintonía con las corrientes neoliberales, fue la que provocó el hundimiento de nuestras economías y la que ha puesto en jaque nuestro Estado del Bienestar.

En esta situación de crisis económica, que también pone en peligro el futuro y la vida la gente, cada vez que se propone controlar los mercados, crear tasas impositivas a las transacciones financieras y luchar contra el fraude o la fuga de capitales, los mismos que aplauden levantar barreras para las personas, ponen el grito en el cielo y se niegan en rotundo.

Cuando el capital tiene problemas, sí puede circular libremente y correr a refugiarse en paraísos fiscales. Si lo tienen las personas, no tienen otra opción más que estar acorraladas y vivir en un auténtico infierno.

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