Sócrates 1 – Adam Smith 0

por Aida dos Santos, politóloga por la Universidad Complutense de Madrid y especialista en Investigación Social Aplicada y Análisis de Datos por el Centro de Investigaciones Sociológicas.

Cuando medio mundo desconocía de la existencia de la otra mitad, Sócrates filosofaba acerca del “sólo sé que no sé nada” (ἓν οἶδα ὅτι οὐδὲν οἶδα, hèn oîda hóti oudèn oîda). Hace una semana, el admirado José Andrés Torres Mora reflexionaba en su casa junto a unos tulipanes amarillos “Quienes ya lo sabían todos sobre esta crisis, no aprenderán nada de esta crisis.”

Al frente del Ministerio de Sanidad en España no tenemos a ningún reputado doctor especialista, tenemos a un filósofo. Ya se tuvo que explicar que el ministro no tiene que operar a nadie a corazón abierto cuando destrozaron la privacidad de Leire Pajín, creíamos que no era necesario volver a dar lecciones de administración pública.

En la era del big data, del blockchain y de los memes, nos hemos olvidado de pensar, y de debatir con disposición a ser convencido y no tanto con el ansia de convencer.

Empresas como Google, Microsoft o IBM tienen un equipo de filósofos de cabecera, el fundador de PayPal no fue ningún economista puntero, fue un filósofo, cómo recogía el diario el Mundo hace ya tres años en «Platón 1- Google 0».

El pasado 4 de marzo Àngels Barceló entrevistó a Gonzalo Mendoza, de la Escuela de Filosofía de Madrid, quien no sólo reconocía que se pensaba poco, sino que cada vez se hablaba menos. Al fin y al cabo, somos más individualistas.

El anuncio del yoísmo en los yogures estaba dirigido a un reducido target de madres abnegadas, pero lo ha podido ver cualquiera.

Las tribus son cada vez más pequeñas, las relaciones personales caen en la homogamia con frecuencia, y nos da miedo el frío que hace ahí fuera. Nos acechan cada vez etiquetas más concretas.

En la vorágine tecnológica, mientras Juan Carlos Monedero nos invita a combatir el algoritmo y Marta Peirano nos advierte que el enemigo conoce el sistema, las mismas empresas dirigidas por los de siempre se han dado cuenta que necesitan en la misma medida al arquitecto del dato que al que lo dota de ética.

La curiosidad, la crítica y la creatividad de la Academia de la Filosofía son los ingredientes para la ética de datos. Almacenamos ingentes cantidades de información, pero sin saber qué hacer con ella, ni durante cuánto tiempo, sin ser conscientes de la moralidad con la que se ha obtenido, almacenado y explotado ese dato.

En lo últimos años se han creado miles de algoritmos, como se han creado robots de cocina con un cuadro de mando propio de un avión y aspiradoras que parecen platillos volantes. Pero lejos de ser el cuerpo inerte de Pinocho, estamos cada vez más cerca de la distopía de Kubrick. Nos preguntamos muy poco qué nos parece éticamente el meme que recibimos o la música que escuchamos, como nos preguntamos nada o casi nada por la salud de quien nos sirve el café cada mañana.

Y ahora, qué tenemos tiempo para preguntarnos cosas, nos preguntamos por qué un filósofo está al mando del Ministerio de Sanidad en la mayor crisis sanitaria de la historia.

En Portugal la ministra de Sanidad fue gerente de un hospital, en Italia y en Francia sendos ministros son politólogos, en Alemania encontramos en el despacho a un graduado en Artes y en Estados Unidos a un jurista que capitaneó una industria farmacéutica.

En Noruega es un filósofo quién ayuda al gobierno a invertir los fondos de los planes de pensiones, en las compañías tecnológicas hacen las grandes preguntas para las nuevas invenciones en los buscadores.. ¿Se debe incluir sólo la verdad? ¿Se debe advertir cuándo una noticia no está contrastada? ¿Qué es la verdad? ¿Qué es una fuente contrastada?

Esto no puede ir de currículum, de profesión, de carisma, ni mucho menos de estrategia ni de  votos, debe tratar de dotar de moralidad y de ética nuestros días y nuestras noches en vela. De mantener la calma ante un futuro incierto, de crear redes de solidaridad y comprobar que aunque haga frío ahí fuera, no podemos dejar a nadie atrás. Perdimos demasiado en 2008, perdimos el miedo a perder y ahora tememos por la muerte propia y por la de uno de los nuestros. Una vez hagamos recuento de los vivos, debemos prestar atención a la calidad de nuestras vidas y de las condiciones materiales que nos la sustentan.

Necesitamos más ética en cada decisión que tomamos, y sobre todo, en cada decisión que un algoritmo toma en nuestro nombre.

Hemos dado la bienvenida al concepto de triaje en el lenguaje cotidiano, si hablas catalán sabes que quiere decir “elegir”, y en épocas de incertidumbre y de escasez de recursos sanitarios, se elegirá atender a quien tiene mayor posibilidad de supervivencia tenga con los recursos disponibles que se le pueden ofrecer para su recuperación. No se alarmen, los seguros privados ponen en marcha el triaje continuamente, nunca hay camas en un centro privado cuando estás grave.

Will Smith, en Yo, Robot culpa al algoritmo de que haya muerto su hija, ahora sabemos que el programa de Amazon para selección de personal discriminaba a las mujeres. O dotamos de ética a los algoritmos, o estaremos en manos de los de siempre escondidos tras una pantalla. Y quien dice pantalla dice un MBA o cualquier otro título que enseñe a mecanizar las relaciones humanas.

Ante lo desconocido, mil veces de la mano de alguien que reconozca sus debilidades, que se atreva a mostrar modestia y duda, antes que abrazar a quien confíe a la mano invisible del mercado la salud de nuestros conciudadanos y familiares.

De esta saldremos dotando de ética los algoritmos y los buscadores, pero también dotando de ética las decisiones de los responsables políticos, los departamentos de recursos humanos y las comunidades de vecinos. Combatiendo con ética el discurso que durante la crisis económica nos intentó demostrar que lo privado era mejor que lo público, y ahora se demuestra totalmente ineficaz e inapropiado.

Y quizá, algunos, unos pocos o la mayoría, ojalá, acabemos sabiendo distinguir las vasijas de sus sombras.

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