1391, Delito de Odio

por Juan Pedro Rodríguez, coordinador de la sectorial de Educación PSOE de Madrid.

Aquel vecino de Madrid había escuchado gritos, golpes y alaridos toda la noche pero no se atrevió a abrir la puerta. Con el alba llegó la luz y se atrevió a salir a la calle. Anduvo por las calles hipnotizado viendo cadáveres en las calles, hombres, mujeres, ancianos, niños, algunos de ellos personas conocidas, vio lo que quedaba de la sinagoga saqueada e incendiada. Unos días antes lo mismo había sucedido en Sevilla, en Córdoba, en casi todas las ciudades de Castilla, Aragón, Portugal y Navarra, el judaísmo reducido a escombros.

El ser humano puede odiar, en el sentido de que no puedes obligar a una persona a que no odie. Pero cosa diferente es extender el odio sobre una persona, colectivo, etnia, nacionalidad. Eso es un delito de extrema gravedad por las terribles e irreversibles consecuencias que puede tener. Un ejemplo de la historia son los acontecimientos de 1391 que no solo tuvo consecuencias como la matanza de judíos, sino otras muchas como luego expondré. Los sacerdotes pensaban que predicar contra los judíos, extender el odio y fomentar aquellas terribles matanzas no tendría consecuencias negativas. Se equivocaron. Y mintieron y confundieron a la gente, atizando el odio contra los judíos, diciendo que todos los judíos eran malos ¿no era Jesús de Nazaret judío?

Extender el odio por desgracia es más sencillo de lo que parece, que es la baza a la que juega la extrema derecha de VOX y en la que están siendo cómplices las otras formaciones de derechas. Odiar al diferente, al LGBTI, al de otro color, al de otra religión, al que piensa diferente, y defender que los males de uno o de la sociedad son porque esos diferentes son malos, desconocidos, ignotos como diría un antiguo romano. Pero sumando además el matiz de que esos otros son malos e inferiores. Eso trae una consecuencia terrible, el supremacismo social, étnico o incluso regional, como sucedió en la antigua Yugoslavia en los 80 años cuando el norte asimiló que era rico y que los del sur eran pobres e improductivos. Las ideas de tolerancia y convivencia son las que refuerzan a una sociedad y a un país, son las que le hacen ser optimista. Y eso mejora la visión que desde otros países puedan tener de nosotros. Las últimas ejecuciones del franquismo se proyectaron precisamente desde fuera contra el propio franquismo, como en 1826, cuando el asesinato del profesor Cayetano Ripoll a instancias de la Inquisición supuso un escándalo internacional. La Ley de Igualdad, la Ley de Memoria Histórica o la legalización de matrimonio entre personas del mismo sexo, todas ellas en mandato socialista, supusieron lo contrario, ganamos puntos ante la opinión internacional.

VOX se alimenta de fomentar el odio y sobre todo la ignorancia, y eso es peligroso porque la ignorancia no es reflexiva ni tiene capacidad de moderación y regulación. La ignorancia se retroalimenta porque asume toda una serie de ideas que el problema es que las asume un individuo, pero luego se proyecta en la idea de un colectivo, la supremacía. Y encima la ignorancia no solo es atrevida, sino osada y temeraria. Esas personas de VOX debieran saber, y lo saben, que extender el odio es sencillo, pero luego eliminar o reconducir ese odio, ya sea individual o colectivo, tiene mala cura. Me recuerda a lo que sucedió, por poner un ejemplo, en Alemania en los años treinta.

Alimentar el odio contra el diferente, cuando el ser humano desde que nace debe aprender lo que es la convivencia, lo que es convivir con el diferente. Enseñar en la diversidad, fomentar el respeto, tender puentes. A ser consciente de que el desconocido no es malo por el hecho de ser desconocido. Necesitamos activar mecanismos educativos, en planes de estudios o actuaciones como por ejemplo la campaña “dale la vuelta a los rumores” del ayuntamiento de Fuenlabrada.

Tenemos mucho que perder si no nos ponemos las pilas como sociedad, porque el odio tiene mal remedio, como mal remedio tiene el creerse superior un individuo, sociedad o colectivo. Eso nunca trae nada bueno.

Aquel día de 1391 mucha gente se entristeció cuando vio a casi todos sus vecinos judíos muertos. Quizá no habían convivido mucho con ellos. Pero muchas personas se entristecieron por el simple hecho de tener sentimientos que tiene el ser humano como la empatía, la compasión, la capacidad de ponerse en la piel del otro, y la conciencia de que nadie merece la muerte, y menos por los motivos de la matanza de 1391. Sin embargo, otros muchos rieron y se alegraron del asesinato de los judíos.

Meses después de las matanzas en varias ciudades de la Península Ibérica se declararon epidemias. En aquel momento muchos vecinos, de todas las clases sociales, enfermaron y fallecieron. Y se acordaron de que meses antes habían asesinado con sus propias manos a quienes tenían la capacidad de poder afrontar la responsabilidad de curar a la población. Y fueron muchos los que perdieron la fe cuando vieron que el rezo no cura. Quien siembra mareas recoge tempestades, así que ahora estamos a tiempo de evitar una cosecha terrible, la siembra de odio. Somos una sociedad madura y moderna, y debemos seguir siéndolo. No podemos blanquear lo que está haciendo esa extrema derecha, hay que denunciarlo, porque lo que hacen es extender odio y eso es delito de odio.

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