Yanquización

por Marcos Carrascal.

La Historia de la Humanidad está salpicada por imperios que ordenan a su antojo los designios del orbe. Desde una perspectiva occidental, el Imperio romano, el Sacro Imperio romano-germánico, la Cristiandad, el Imperio español, el Imperio francés, el Imperio inglés… Y la II Guerra Mundial dividió el mundo en dos imperios —que decían terminar con los imperios, paradójicamente—: el imperio soviético y el imperio estadounidense. La Guerra Fría y el colapso de la URSS trajo la famosa reflexión de Fukuyama en 1992: la historia ha acabado. En realidad, lo que se esconde tras esa meditación es que ésta —desde los ochenta, con Regan, tal vez— es la época del imperio estadounidense como potencia indiscutible sin la menor intención de compartir el planeta. Aún quedan resistentes, como la bucólica Cuba, el nostálgico Vietnam o la siniestra Corea del Norte; aunque son más un símbolo que una resistencia real.

En el resto del orbe, el imperio estadounidense venció. Se selló con la apertura de un Mc Donald´s en la Plaza Roja de Moscú, ofensa y silenciosa carcajada a la revolución bolchevique. Y comenzó la yanquización donde no habían vencido todavía. En España, y en Europa occidental, merced al plan Marshall, los símbolos de Estados Unidos rompieron a galopar antes, en los cincuenta. Igual que los romanos con su romanización, los yanquis están inmersos en su yanquización. Nuestras tradiciones gastrónomas son trocadas por hamburguesas y perritos calientes, convirtiendo nuestras tascas en locales de fast food. Nuestras tradiciones culturales son convertidas en Halloween y Papa Noel. Nuestras fechas se subordinan al 4 de julio. Nuestros referentes sociales se evaporan, y quedan Malcolm X o Luther King. Incluso nuestros barrios intentan parecerse a Manhattan, Brooklyn —Paul Auster, escribes demasiado bien como para no querer representar tus obras en nuestra cotidianidad— o al Bronx.

No has nacido en los states, dicen los Chikos del Maíz. En efecto, nací en Madrid; y, aunque me traslade a Brooklyn con Paul Auster o a Los Ángeles con Bukowski, quiero hacer apología de mi cultura, la española. Porque ser patriota español no es adornar la muñeca diestra con una pulsera roja y gualda; ser patriota español es mantener nuestra cultura y luchar para saciar las necesidades materiales nuestros compatriotas. Frente a una yanquización normal en el transcurso de la Historia en la lógica imperialista, creo que es menester que los ciudadanos españoles y europeos, y más aún nuestros poderes públicos, mantengamos vivas nuestras tradiciones y nuestra cultura.

Esta defensa no me convierte en uno de los imbéciles que solo ve maldad en obras de estadounidenses. Humildemente, me quedo con las películas de Polanski o de Woody Allen antes que con muchas españolas. Tampoco puedo evitar leer devotamente a Hemingway o a Roth. El provincianismo excluyente es tan ponzoñoso para nuestra cultura como la yanquización que nos arrolla la potencia hegemónica. Sin embargo, los zelotes del siglo XXI hemos de regresar a nuestra cultura y fundirnos con ella, lustrándola a ojos del mundo y destinándola al eximio puesto de honor que merece.

Por eso, no celebré Halloween la noche del 31 al 1; y, por eso, os invito los días 2 y 3 de noviembre a Alcalá de Henares a asistir a la tradicional representación de Don Juan Tenorio. Esta cautivadora obra de Zorrilla es el mejor escudo que nos resguarda de la yanquización. Frente a sus monstruos y sus sustos, la redención de un crápula y el amor eterno allende la muerte. Pero si no le gusta la idea, tranquilo: nuestra cultura ofrece dar un paseo por Salamanca mientras lee las aventuras del primer anti-héroe de la historia: el Lazarillo de Tormes.

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