Desarraigo

por MARCOS CARRASCAL




Un número inmenso de jóvenes urbanitas poseemos un inmenso presente. Éste es capaz de evadirnos de la contaminación, de las guerras de cláxones, del ardor del suelo, de perder de vista a los edificios de hormigón. El regalo del que hablo suele estar a una distancia prudencial; unos apenas veinte minutos en coche y otros a más de seis horas. Hablo de los pueblos, del medio rural…

Las primeras pinceladas de libertad de la que disfruta un rapaz se dan en esos pequeños municipios. Esa simbiosis de leyendas, humanidad, historia y naturaleza alberga un componente mágico —o, al menos, insólito para un zagal poco acostumbrado a lo foráneo—. Di mis primeros pasos entre calles abundantes de personas, coches, rascacielos —que años más tarde reduciría mentalmente su tamaño—, carreteras negras, maremágnum… Pero siempre me acompañaron cuales centinelas los corrales de gallinas, las plazas rebosantes de chavales, las vaquerías, las callejuelas desiertas, las piaras…

Con tristeza, descubro que esa quimera que son los medios rurales decaen. Ese éxodo que comenzó en los años sesenta no se logra frenar. Y los pueblos que hace unos años acogían a más de mil personas, hoy sólo cobijan a trescientas.      Me asusta pensar que los pueblos de mis padres pueden terminar como la canción de Labordeta en la que, tras varios años, el autor permanecía como único habitante.

La economía dirige nuestra vida. Esta palabra, que pocos conocen su verdadero significado, se ha impuesto en las recientes guerras de religión. Esa palabra provoca regocijo, a la par que suscita destierros y llantos. Las ocupaciones agrestes son poco estimadas, y se aproximan a su muerte. Nadie parece interpelado para su luchar por su supervivencia.

Yo quiero disfrutar toda mi vida de esos escenarios de bucólica realidad. Yo deseo que la ermita de mi pueblo se mantenga erguida, combatiendo al paso del tiempo. Yo anhelo que mis hijos contemplen el génesis de la leche, la fruta, la carne… y no la limiten a los estantes del supermercado. Yo ansío que cuando explique a mis amigos madrileños la palabra “peña” no sea visualizado cual anciano que cuenta historias lejanas.

Yo no tolero que no pocos trabajadores hayan de vender el patrimonio que tanto sudor costó a sus ancestros por un precio pírrico. Yo me opongo a que un niño con sueños de agricultor sea incrustado en otras profesiones distintas. Yo no consiento que mis orígenes se vendan. Yo no permito que las costumbres de los pueblos sean arqueológicas tradiciones inútiles.

En estos meses de verano rutilan los pueblos. Son lugares de remanso, en los que el alma y el cuerpo erran hasta allí para descansar. Antes de que el ganado sea trasformado por las fábricas, los campos de cultivo por edificios vacíos o el casco urbano por eriales, es el momento de reivindicar la doble identidad de muchos de nosotros. Y así, en comunión con la forma de vida que nos depara la ciudad, presentar batalla para defender lo que tanta preciosidad y madurez nos regaló. Si la lucha es larga, ¿a qué estamos esperando?

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