Aporofobia en Navidad

por Aida dos Santos.

Qué bonita la Gran Vía. Qué bonita la Gran Vía en Navidad. Para iluminar las calles siempre hay dinero y excusas. Se ha preparado para dar la bienvenida al año nuevo, al año electoral.

Y le daremos la bienvenida como a una obra de ese teatro posmoderno e improvisado de los garajes de Lavapiés, como un escenario incierto, con programas que están lejos de ser idearios de partido de clase, y se aproximan más a un recetario de cocina creativa.

Mucho se podría escribir sobre organizar la rabia y defender la alegría, cuando ante la irrupción del fascismo en las instituciones andaluzas, la alcaldesa sonríe con el bol de magdalenas en el brazo en su recién inaugurada cuenta de Instagram.

Poco se ha reflexionado sobre qué suponía el “relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor”, que ofrecía Botella a los aficionados del deporte olímpico, mientras prohibía a los turistas que se comieran el bocadillo sentados en la puerta de Sol.

Vivimos tiempos de cierta incertidumbre y confusión, tanto es así, que después de celebrar que llegase la izquierda a la alcaldía, seguimos con la sensación de estar siendo dirigidos por los de siempre, tal y como lo hacían siempre.

El extrarradio es el gran olvidado de la ciudad de Madrid, ya no se habla ni siquiera  de la ciudad de Madrid en sus planes municipales, ahora hablamos de Madrid Central, porque ya  no disimulan, en núcleo irradiador era esto, gobernar  para  quienes viven en el centro, para quienes son como ellos.

Y no puede sorprendernos, piden que les mandemos fotografías de los coches abandonamos en nuestros barrios, porque nuestros barrios solo los ven en fotos. El año que viene no, el año que viene tocará hacerse la foto costumbrista en la pradera de San Isidro.

Ahora vivimos en una ciudad que invita a las madres a colaborar en la limpieza de los colegios de sus hijas.

Una ciudad que invierte más en ceniceros de bolsillo que en combatir los narcopisos.

Una ciudad que corta el tráfico hacia el centro en pro de un aire limpio, mientras el punto de la ciudad con mayor contaminación es Plaza Elíptica, que sigue llamándose Fernández Ladreda, por cierto.

Vivimos en una ciudad dirigida por una superviviente de la transición y del asesinato de los abogados de Atocha, pero en la puerta de Sol no se recuerda ni a los torturados ni a los asesinados en el sótano de la Dirección General de Seguridad, hoy sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid. Hoy en Sol luce una placa que recuerda la acampada del 15M, quizá tengan más que agradecerle a quienes cuestionan la Transición que a quienes dieron la vida porque llegara.

Las redes sociales estallan cuando en Barcelona se mata a un perro a balazos porque molestan sus ladridos, y poco estallan cuando es su dueño el que es expulsado de las arterias principales de la ciudad, porque molestan su pobreza.
¿Dónde habrá quedado el discurso de ciudades de cuidados?

Dónde habrá quedado esa promesa de una tarde de verano de resolver la situación irregular de los manteros, dónde habrán quedado las investigaciones policiales para averiguar qué parte del lumpemproletariado: de las mujeres prostituidas de la calle Montera, de los manteros de la Gran Vía, de los mendigos de la Plaza Mayor, de los disfraces de la Puerta del Sol, de los carteristas del metro de Ópera… es víctima de trata de seres humanos. Dónde habrá quedado ese ayuntamiento de grandes pancartas dando la bienvenida a los refugiados.

Las ciudades peatonales de los planes urbanísticos dibujados en acuarela se han materializado en grandes terrazas que entorpecen el paso. Son un gran atractivo, ¿a quién no le gusta comer rodeado de patinetes eléctricos y de peatones con grandes bolsas de papel Kraft?

Qué bonita la Gran Vía, y que poco pasa el camión de la basura por Carabanchel. Pero de qué nos sorprendemos, si hemos vivido en la capital del reino de espaldas a la miseria tercermundista de la Cañada Real y del Gallinero. Qué bonita la Gran Vía preparada para los turistas y la gente de bien.

Digamos que es aporofobia, porque así parece más moderno y menos rancio nuestro clasismo.


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