Odio eterno al fútbol moderno

por Marcos Carrascal

Este verano, he sabido de la existencia del Clapton CFC. Éste es un equipo de fútbol de la liga regional inglesa, y ha saltado de su liga local a la fama por exhibir cual indumentaria oficial una camiseta con los colores republicanos españoles —rojo, amarillo y morado—, en homenaje a las Brigadas Internacionales. Nada tiene que ver con los petrodólares que se inyectan en según qué clubs de la Premier o las grandes fortunas, quizás sin mácula de petróleo, que inflan según qué otros clubes. El Clapton CFC es un club con unos valores muy concretos: antifascismo, antirracismo, antihomofobia, feminista… Fue fundado y es sustentado por activistas que pretenden promover estos principios a través del deporte. No es difícil que en las instalaciones del club desfilen campañas y actos contra la xenofobia. Tampoco será difícil en España ver a gente con estos elásticos cubriendo sus cuerpos: nuestro país ha comprado la mitad de las camisetas que ha sacado a la venta este club.

En nuestras fronteras, también se han desarrollado equipos que pretenden hacer frente al fútbol moderno de las multinacionales, los acuerdos con dictaduras, desorbitantes precios y promesas huecas a niños de la pobreza. Quizás, el pionero es el CAP Ciudad de Murcia (3º división). Este equipo está gestionado por un modelo de gestión de accionariado popular —un socio, un voto—, cuyo ejemplo también ha cundido en otros equipos, como el Unionistas de Salamanca (2ºB división), el Xerez Deportivo FC (3º división) o Logroñés SD (3º división).

El modelo económico que mantienen los clubs son la mejor carta de presentación. Antes que insuflar el ardor de los equipos de 1º, no estaría mal reflexionar qué filosofía nos agrada más: la victoria sobre billetes verdes o el juego sobre valores. Ante un deporte en ebullición constante, que adquiere elementos lindantes con la villanía —leer el informe “Los niños en competición”, de la organización “Save the Childreen”—, con contadas aldeas galas pobladas por Astérixes y Obélixes que resisten a los romanos disfrazados de todopoderosos clubes y la FIFA, los aficionados han de preguntarse en manos de quién ha de quedar su deporte: ¿ellos o… aquellos a los que no se ven?

Igual que en el fútbol, la vorágine de la modernidad asola otros deportes. Sin embargo, tal vez por la española tradición futbolística, a mí me interpelan más los elementos relacionados con el balompié que con otro deporte. No obstante, no solo creo que las cuestiones económicas terminen de cincelar un club. También están esos valores que se plasman en el terreno de juego: un equipo femenino que cuente con los mismos apoyos que el masculino, torneos antirracistas… Y aquél que diga que esto no es sino una ideologización del fútbol, no queda otra que responderle que vuelva sus ojos hacia lo que acaba de decir. Nunca pudo ser despectivo promover el feminismo o el antirracismo mediante el deporte. Al fin y al cabo, el deporte es un bien, aunque el fútbol moderno trate de emponzoñarlo a golpe de talonario.

Por último, a mis queridos lectores, les propongo seguir una competición, Trofeo Against Modern Football, en la agonía del agosto. Es la Champions League de aquellos equipos que quieren cambiar el fútbol moderno. La Champions League que viven de la solidaridad y que no salpican su camiseta con algún logo solidario que anegue los titulares deportivos. En definitiva, la Champions League de los equipos auténticos, y no de los que son propiedad de aquelarres de sujetos encorbatados.

Foto: Chipriota

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