John Keating y y el Máster de Cifuentes

por Daniel García-Quismondo

Decía el personaje de Todd Anderson, interpretado por Ethan Hawke, en la película “El club de los poetas muertos” que “La verdad es como una manta que siempre te deja los pies fríos, la estiras, la extiendes pero nunca es suficiente. La sacudes, le das patadas pero desde que llegamos llorando a que nos vamos muriendo, solo nos cubre la cara mientras gemimos, lloramos y gritamos.”

Recuerdo estas palabras con cierta nostalgia si les soy sincero. Echo de menos mi época en el colegio, en mis clases con la profesora Olga Casanova. Ella era nuestro John Keating particular. “Se subía a la mesa” y nos pedía que miráramos las cosas desde un lugar diferente. Que no aceptáramos un dogma por  respuesta.

Colocábamos los pupitres en círculo y nos mirábamos los alumnos cara a cara. Debatíamos sobre arte, política, religión, espíritu, alma… No había un guion, no había censura ni límites. Acabábamos exhaustos alzando nuestras voces, discrepando y argumentando. Y ¿por qué?

Quizás, el recuerdo de esas maravillosas horas se ha ido esculpiendo en mi memoria en talla difusa, es posible que muchos de aquellos alumnos han olvidado ya que, por unas horas, pensaron libremente y no tuvieron miedo de preguntarse el porqué de las cosas.

Años más tarde llegaría a la Universidad. Y no, no se parecía a mis clases donde me atreví a disentir y ser dueño de mis ideas. La Universidad me dio una licenciatura. Me dio una formación pero no me dio los instrumentos para enfrentarme a la vida, y en concreto al mundo laboral. Algunos dirán que la Universidad no es para eso, pero están equivocados. La Universidad debiera ser para lo que un día fue creada.  Formar a las personas y enseñarles a que el mejor trabajador es aquel que piensa el cómo, el por qué y el para qué.

¿Cómo hemos llegado en este país a no tener nuestras Universidades entre las primeras del mundo? Tenemos un potencial increíble con investigadores de renombre (la mayoría fuera de España), una buena renta per cápita. ¿Por qué nuestras universidades no atraen y no dan excelencia? ¿Nos atrevemos a hacer un análisis?

En los últimos tres años de la crisis lo primero que ocurrió fue el encarecimiento de las tasas y se disminuyeron las becas. No se buscaron nuevas formas de financiación, que en los campus es mayoritariamente pública con una media del 75% pero, además, hasta 2012 la inversión pública en la universidad cayó en un 11%. Los ajustes del gobierno de la crisis afectaron, y de lleno, a la universidad. Los recortes afectaron a la excelencia en pleno proceso de adaptación a Bolonia y los alumnos lo notaron.

En este país parece impensable, con el inmovilismo bipartidista en materia de educación, buscar nuevas fórmulas de mejorar la universidad. Pero y si les hablo de un país como Dinamarca, donde la universidad no solo es gratuita y  el Estado da una ayuda económica al alumno: entre 390 y 785 euros al mes. Pero controlando que los alumnos que recibieran la ayuda realmente estuvieran mereciendo el apoyo, fruto de su esfuerzo.  Evidentemente, también ayudó que Dinamarca aumentó el dinero destinado a la universidad y en España hubo recortes por encima del 5%.

Y no hablemos de las diferencias entre comunidades autónomas , que son muy variables, fruto de decisiones políticas, desde congelaciones o subidas de precio. Hace unos años salió publicado que haciendo una carrera en Madrid, podías pagar dos en Galicia…

Los campus están abocados a buscar nuevas fuentes de financiación y el modelo de proximidad con titulaciones vacías deja los campus con muchas titulaciones y pocos alumnos, que no encuentran una salida laboral acorde con su formación.

Es posible que habiéndonos acoplado al plan Bolonia, ¿el inglés siga siendo apartado de las universidades? ¿En qué marco europeo laboral puedes trabajar sin el inglés? Quizás porque nuestro presidente del gobierno no sepa hablar inglés, el resto de los españoles no debamos aprenderlo.

Premiemos a los investigadores, incentivemos el talento de los estudiantes que darán proyectos, recursos y experiencia al país.

Aumentemos las becas de matriculación y salario en función de la renta a aquellos alumnos que demuestren que la universidad no es un sitio de paso.

Limpiemos la universidad y abramos las ventanas. Los rectores y los decanos están al servicio del alumno y no al revés. Una universidad Excelente es despolitizada, es ética, es transparente y es objetiva. Premia al esfuerzo y no da cabida a la trampa o el amaño.

Así como abría este artículo de opinión refiriéndome a lo incómoda que resulta la verdad. No nos engañemos: La política hasta ahora ha herido de muerte a la Universidad. La Universidad pública está podrida y lo refleja el último caso de la presidenta de la Comunidad de Madrid y su máster.

¿Cómo se puede tolerar que una alumna, matriculándose después de comenzar el curso, con una supuesta lectura del trabajo fin de master, donde no se sabe aún si ocurrió o no, con una acta falsificada, con unas notas cambiadas en un supuesto fallo informático, afirme que no tiene ni idea, que es un fallo de la universidad? ¿Pero qué ocurre si además, es un cargo público de suma importancia, con vinculaciones más que evidentes en la Universidad? ¿Es este proceso, cuanto menos, un trato de favor, sino un supuesto delito?

En cualquier otro país europeo, que casualmente tienen universidades más saneadas, esto hubiera supuesto una dimisión inminente.

¿Qué menos que una cara sonrojada de vergüenza? ¿Con qué cara se quedan el resto de alumnos que han empleado su tiempo y sus recursos económicos en obtener una titulación?

Este caso no es ni será el único. También otros partidos cuentan en su primera línea con gente que ha podrido, en diferentes escalas, la universidad.

Oh capitán, mi capitán: Que se investigue, que paguen los tramposos, que quitemos la basura de nuestras universidades.

 

Deja un comentario