Feminizar la lucha

por Marcos Carrascal.

Durante esta semana transcurren en mi pueblo las fiestas locales. Como es tradición en no pocos pueblos castellanos, la plaza es presidida por un escenario, sobre el que trabajan un discomóvil o una orquesta. Alrededor, una multitud de vecinos y vecinas danzan las melodías que germinan por los altavoces.

No pocas canciones supuran en sus letras un mensaje claramente machista. No voy a escribir ningún elenco de estas canciones; son hartamente conocidas. Sin embargo, la gran mayoría de los presentes las canturrean y bailan, sin ningún remordimiento o reparo. Incluso yo me uno, tal vez por la inercia, a las más populares canciones; y gusto de un par de estrofas para arrepentirme.

El festival sexista se extiende hasta las peñas, donde no mandan los bandos municipales. No hay distinción: todos y todas entonan estos mensajes. No hay distinción. En algún que otro momento detengo a mis acompañantes y les exhorto a pensar en la letra de las canciones. Cuando comprobamos el significado, me miran, en una miscelánea de vergüenza y de resignación, y susurran, a modo de excusa: “El ritmo es genial”. “El ritmo puede ir acompañado de otro mensaje”, pienso yo.

Varios ayuntamientos de la Comunidad Valenciana, como Bellreguard, Riba-roja del Turia o Cullera, han dado muestras de que es posible combatir al machismo que caracteriza muchas canciones. ¿Cómo? No permitiendo que esos mensajes sean cantados en el ágora público, o, por lo menos, con una subvención pública. Mejor prevenir que curar, reza el refranero. Mejor prevenir esas bochornosas actuaciones que pedir perdón por éstas, como hizo en el pasado mes de junio el Ayuntamiento de Xábia (Alicante). Mi pueblo es uno más de la inmensa mayoría de los pueblos íberos que no se ha dignado a batirse con el machismo.

Fuera del machismo que rezuman actuaciones musicales, también lo encontramos en nuestro día a día. Uno de los más claros ejemplos es la sexualización de la mujer. La caricaturización de la mujer como un aliciente de atracción de clientes es una constante en el márketing de bares. Es indiferente que mantenga una relación sentimental con otra persona, lo importante es que sea atractiva —según los cánones hegemónicos, una de cuyas consecuencias es, por ejemplo, la anorexia— y pueda servir —qué duro, en pleno siglo XXI— de escaparate del producto. Lo peor de todo es que el uso es muy habitual; y esto indica que funciona.

Otra de las ramificaciones del machismo que hemos de podar es la cosificación de la mujer. Acaso el alcohol, acaso una educación heteropatriarcal, acaso… ¿qué sé yo?, ayer se esbozó ante mí un horrible espectáculo. Andábamos por la calle una mesnada de varones, y pasamos al lado de una media docena de muchachas, dispuestas, como nosotros, a disfrutar de la noche. Desinhibidos, extendiéndose el rubor por mis mejillas, mis compañeros ladraban: “Menudo ganado…” “Mira la rubia” “Lo que te daba…”. Sinceramente, sentí miedo; y eso que el destino de los bramidos no era yo. Mis enojados ruegos para que se callaran apenas eran atendidos.

Es indignante contemplar un trato más propio de reses a seres humanos. Es indignante escuchar risotadas, jaleándolo. Es indignante que un extraño suelte piropos a una mujer, como si éstos fueran a afectarla positivamente. No son cumplidos; son insultos. Es indignante que no pocas jóvenes y adolescentes marchen con miedo cuando estén solas por la calle, esperando no ser violadas. Es indignante que existan casos en los que el disfraz de pasión o de amor escondan las verdaderas palabras: acoso —delito— o demencia. Es indignante que una persona que ligue con seis personas en una semana sea una puta o un envidiado donjuán dependiendo de su sexo. Es indignante ver cómo el número de víctimas de violencia machista ya ha superado en lo que va de año a las que selló el 2015. Es indignante que haya quienes todavía crean que el género masculino está siendo herido por el femenino.

Hemos de evitar esta cascada de anacrónicos excesos. A las pintadas por la calle —como ese grafiti que exhibe en mi barrio: Machete al machote—, hemos de sumar educación y ejemplo, desde todos los rincones de la sociedad. Las Autoridades Públicas y el común ciudadano hemos de penalizar estas actuaciones, con multas, prisión, indiferencia… y abrir otra senda: feminizar la lucha. Es indignante que todavía se suceda esto.

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