El retrato imperecedero de Madrid

por MARCOS CARRASCAL




Este documento por el que deambulan sus pupilas arrastrará siempre una fragancia idiosincrásica. Madrid, el vástago del Manzanares, tiene vida propia. Madrid, el epicentro de la Península, alberga esos sainetes de Carlos Arniches en sus calles o esos dibujos barriales. Pero Madrid es más que eso: Madrid es acogida.

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Sostenía un sapiencial profesor de Literatura que “Madrid es el pueblo más grande de España”. No puedo estar más de acuerdo con esta afirmación. Madrid es un pueblo de algo más de tres millones de personas de variopintos orígenes. En este municipio cabe todo; desde las colosales “Torres Florentino”, que mitigaron el tamaño del Hospital “La Paz”, hasta las ringlas de casas bajas de los barrios meridionales. Tan sólo hay algo que no entra en esta urbe: la intolerancia.

Madrid tiene un largo historial de recibimiento. La ciudad de los gatos se ha caracterizado por su apertura.  Asimismo, hubo momentos en los que esta armonía se tambaleaba. Hoy es unos de esos períodos, aunque las ondas de este pequeño seísmo sean apenas perceptibles.

Con el odio teñido en sus desencajados rostros, una caterva de nostálgicos del pasado hitleriano que nunca vivieron tomaron el centro de la contemporánea Matrit. Rugían consignas de odio contra lo extranjero. Olvidaron la esencia de la ciudad que ellos dicen defender. Por suerte, ninguno de estos precitos representa a nadie en ningún sitio, salvo en sus reuniones.

Tras la concentración, una gran porción se encaminó hacia la albugínea mezquita de la M-30. Allí, trataron de embestirla. El ataque soñado por las brigadas neo-nazis no se produjo.

Casi simultáneamente, Austria desterraba a sus formaciones políticas tradicionales para aupar a los ultra-nacionalistas y a los ecologistas. Tras unas elecciones presidenciales que han fragmentado el país centroeuropeo, por un margen tan estrecho como un folio, los verdes llegaban a la presidencia. Estos resultados no son una derrota de los ultra-nacionalistas, sino una victoria. También otro país del otro hemisferio es protagonista en la prensa. Los medios le acusan de la terrible gestión de la recepción de ideas distintas a las imperantes, premiando a sus poseedores con la cárcel o con la fiereza de las milicias. Los delirios de sus mandatarios han desatado la incomprensión de gran parte de los pobladores del globo terráqueo.

Es cierto que no se atisban populismos tan intolerantes e intolerables como los que arrecian en varios países; pero sí  es verdad que grupúsculos amenazan con quebrar el legado de la integración: el legado de Madrid. Los madrileños tenemos que sembrar el hálito que respiramos, ajeno a la polución, por el orbe. También hemos de proteger a nuestra urbe de esa ráfaga de desprecio con nuestra tradición. Los madrileños no podemos consentir otra agresión a alguien distinto, como la que ha sufrido la pasada madrugada del 22 de mayo un paisano nuestro por su “condición” de homosexual; sumando 79 ataques de estas características. Este pueblo, el pueblo de todos, ha de mostrar una opción paulatinamente desterrada y que ha protagonizado durante centurias: la acogida.

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