Libros condenados

por Marcos Carrascal

Son tiempos recios. Huxley, con sus augurios de “Un mundo feliz”, se daría golpecitos en el pecho y advertiría con socarronería:

—Lo dije.

Lo dijiste. Vivimos en tiempos en los que se pagan más caros dos besos que un coito y se deja que inocentes sean enterrados por el Mar Mediterráneo; todo va deprisa. Y en esta vorágine de la sociedad audiovisual, una ola arrolla lo que ha constituido nuestro acervo popular: la literatura. Sostenía un reputado escritor del siglo pasado que hay muchos libros que consideramos clásicos que han muerto, que no se van a volver a leer. Y es verdad.

En su lugar, como el ser humano tiene la necesidad de escuchar historias, de saberse acompañado por juglares que troven mundos a los que no alcancen, el sistema nos ofrece Netflix, HBO y demás entretenimientos. Todos, sustitutivos de los libros. Sin duda, este trueque cultural no obedece sino a un proyecto de ingeniería social, en el cual se pretende convertir al común de la ciudadanía en seres irreflexivos e impulsivos; pasionales sin pasiones, aguerridos sin vehemencia y luchadores sin estandartes.

Por ello, es más necesario que nunca reivindicar a los libros que agonizan. Desde el Quijote, que está perdiendo su esencia de obra y se está convirtiendo en un mero elemento de decoración —solo se lo han leído dos de cada diez españoles, según publica el CIS— hasta La Montaña Mágica o Herzog. Los libros son soluciones terapéuticas para liberar la genialidad que entraña su autor y que le haría imposible vivir. Empero, esta genialidad encierra una parte del autor: sentimientos, sensaciones, empatía… que nunca encerrarán las mejores series.

En un mundo en constante mutación, esta sociedad camaleónica ha de volver al sosiego. A un sosiego del que se vislumbrarán soluciones y merced al cual se evitará tanta velocidad. Caemos en los errores del pasado, y no es casualidad. No es casualidad que los populismos aneguen Europa como en los años treinta, que la Policía alerte de que regresa el consumo de la heroína como en los ochenta, o que avancemos hacia el modelo de las grúas que parió la crisis del 2008. A lo mejor, una buena lectura no desinflará los populismos, ni sanará la adicción a la heroína, ni quebrará el modelo económico. No obstante, una buena lectura logrará que un votante se medite el destino de su voto, que otro chaval decida no experimentar inyectándose jaco en una jeringuilla, o que se instale un modelo económico más humano y estribado en la Justicia Social.

La quema de libros no solo se dio durante la Inquisición. Se dio antes y se dio después. Asimismo, hoy en día, tampoco nos libramos de esas prácticas. Es cierto: no hay hogueras multitudinarias; al fin y al cabo, la ciudadanía no está anclada al Medievo. Sin embargo, se siguen quemando libros. Cada vez que no se hace otra edición de un libro o las librerías dejan de llamar a las editoriales por ese libro, nosotros, lectores, somos partícipes sin saberlo de uno de los rituales más antiguos y pirómanos de la Humanidad: la quema de libros. De momento, quizás, queda atrincherarnos en las bibliotecas cuales barricadas y mantener la tenue llama de la esperanza en nuestros corazones y en el ágora público, aun con el miedo a ríos de descalificaciones; a ese sustantivo y adjetivo tan popularizado en nuestros tiempos: friqui.

Frente a los intelectuales a la violeta, literatura.


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