Buscando cervezas de noche

por MARCOS CARRASCAL

Peñuelas arriba, hasta internarnos en los albores del Rastro. Y vuelta a bajar, en busca de una cerveza, mirado con soslayo la calle Cigarrera. La noche del viernes, de esos viernes otoñales, que limitan con el invierno, son una búsqueda de cervezas, de un brebaje caliente que anestesie el hielo que incinera nuestros órganos.

Una España cuyo número de parados se incrementa en 56.844 personas, unos estudios hechos añicos, una África que se desangra, un activista muerto en la Patagonia, 49 mujeres asesinadas por sus parejas… Y una cena por dos euros nos espera. El invierno avanza —Winter is coming—. Tantas causas por las que militar y luchar; y parece que ninguna es tan importante como la que busca una cerveza por la noche. Quizás, como canta Ismael Serrano, solo haya que soñar y militar en la amistad.

Pasan los años; pero siempre quedan los juegos en un patio de colegio, las primeras incursiones en el mundo de los mayores y las fábricas de bolis. Y qué bueno es seguir al pie del cañón, prestos a disparar más alegría. Dos amigos que mantienen sus vínculos desde los tres años son un milagro, y extrañar al exiliado es un acto de humanidad. Dos amigos que no olvidan los orígenes del otro son muestra de respeto y un paseo colmado de descubrimientos es una forma de vida.

¿Quién nos diría que íbamos a seguir necesitándonos, años después? ¿Quién nos diría que necesitamos vernos? ¿Quién nos diría que somos la causa que mueve el mundo? Porque la necesidad de cambiar las estructuras de este planeta que llamamos Tierra es para que vosotros y vosotras, cuyo rostro está tatuado en mi fuero interno, seáis felices. Y el resto, por añadidura, ¡que se unan! Porque tú puedes ser la madre que pierde a su hijo en Sudán o el occiso en un bombardeo en Yemen. No es egoísmo; es amor hacia vosotros y vosotras. Es amor.

Cansados de tantos telediarios, de enojarnos con una novela de George Orwell sin literatura llamada Realidad, de que la vida se disuelva como un azucarillo… Siempre quedaremos nosotros. El retrato de Guevara en tu habitación, ese libro de Virginia Woolf en tu mesilla y una camiseta reivindicativa guardada en tu armario. Sobre todo, quedarán las risas y los recuerdos. Quedarán las pugnas perdidas que vengamos en una mesa de cualquier bar del barrio. Quedará ese viaje que nunca hicimos y esa actividad que hemos de repetir. Quedarán una novela, una melodía y una cerveza.

No somos la Academia de Atenas ni el sanedrín de los judíos. Tampoco queremos serlo. Queremos descansar la semana y sumergirnos en qué sé yo qué mundos. Queremos ser nosotros mismos. Y, mientras hablamos y nos desternillamos, los minutos vuelan. La felicidad nos embriaga. Parecemos colmados. Nada que objetar. En silencio, en esta vorágine de sueños, recordamos a nuestro Erasmo de Cracovia, rehuido por esa necesidad de extrañar Madrid. Mientras, brindemos a su salud, aletargando las llamadas de un mundo que se destruye y del sueño concentrado por una frenética semana.

Mañana saldremos a la calle, a combatir, a cambiar el mundo; pero hoy vamos a sentarnos a ver pasar Madrid, al calor de una cerveza y una buena conversación.

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