Releyendo a Vázquez Montalbán

por Marcos Carrascal

Vázquez Montalbán fue ese escritor catalán que falleció inesperadamente en 2003. Creó entre sus decenas de novelas al detective Pepe Carvalho. Este personaje gallego, aunque adoptado por Barcelona, nos mostraba en sus investigaciones el gatuperio que albergaba el fin del siglo XX, con sede en la Ciudad Condal. También paseó por la Euskadi de Galíndez, de ese gudari al servicio del PNV, del FBI y la KGB desaparecido en pleno Nueva York. Vázquez Montalbán guardó tiempo que verter sobre sus otras dos grandes pasiones: la política y el periodismo. Su compromiso con el PSUC y su posterior desencanto con toda la política trufaron de matices a sus creaciones literarias. Asimismo, sus columnas de opinión en Interviú y, más tarde, en El País nos retrataron una España en la crisis de los años 90. No tuvo reparos en acusar a Garzón —hoy uno de los motores del nuevo Frente Judaico de Liberación, también llamado “Actúa”— de juez leguleyo. Atraído por sus orígenes, siempre dedicó mares de caracteres a escribir sobre la situación de su tierra, de Cataluña.

Vázquez Montalbán era un resistente, un antifascista que lo dio todo por la democracia. ¡Qué valiosos serían sus consejos hoy! Como los de Francesc Candel o Pasqual Maragall. Sin embargo, cuando releo sus artículos sobre la Cataluña de los primeros años de democracia, no veo más que similitudes con esta Cataluña enloquecida. Y aún más semejanzas advierto cuando releo sus artículos sobre la España recién salida del franquismo con esta España enloquecida. Reposo, queridos lectores. Reposo, y dejar de leer a los nietos de Ezra Pound y releer a los que lo dieron todo cuando España fue dominada por los hijos de Ezra Pound.

Vázquez Montalbán advertía que Pujol —CiU fue depuesto en el poder poco después de que nuestro literato falleciera— actuaba consciente de esa nación real que significaba Cataluña, pero sin connotarla, sin fijar los límites de la reivindicación nacionalista. Asimismo, según este autor, los españoles hemos de superar este neonacionalismo, jaleado por los medios en Cataluña pero existente en Madrid, e identificarnos con una nación real de los ciudadanos, que supere la acomplejada alarma de Euskadi y de Cataluña, considerando los patrimonios que alberga nuestra nación. Zanjaba Vázquez Montalbán con que añoraba una cámara legislativa en la que se pudiera hablar indistintamente castellano, catalán, vasco o gallego —yo agregaría el bable o el austorleonés—.

—Bonito artículo —refuta usted—, pero la ley está para cumplirse.

Cuán doloroso es saber que esta ley se cumple por según qué intereses. Y, sin embargo, los artículos 41, 43, 47, 128 o 130 se ignoran.

—Señor autor —insiste usted—, no sea demagogo. La indisolubilidad de España está en su título preliminar, esqueleto de la Constitución y de nuestro ordenamiento jurídico.

Recuerde el 9 de noviembre de 2014 y cuándo empezaron las detenciones.

No sé cuál será la solución de este conflicto. Pero tengo muy claro que, o hacemos un proyecto de nación, o no solo Cataluña se marchará. España misma se independizará de España. El nuevo proyecto tiene que estar tutelado por esos referentes que, como Vázquez Montalbán, lo dieron todo por un país en el que de la democracia emanara la Justicia Social. No quiero ser tutelado por la nimiedad, por los nietos de Ezra Pound… Quiero que ese toro llamado España deje de recorrer la plaza sin rumbo y eche a correr, sin límites, sin pausa, campo abierto. Quiero una España, un país, que seduzca. Vázquez Montalbán es uno de nuestros últimos cartuchos. Si no lo utilizamos, a él y a otros tantos, es cuestión de tiempo que España sea otra cosa diferente a un país.

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