Solidaridad atlética

por MARCOS CARRASCAL





El sábado ganó Madrid. Pero la victoria de la capital española fue antes: el 4 de mayo. No obstante, el equipo blanco fue el encargado por los penaltis de alzar la Copa de Europa. El Atlético de Madrid sufría la maldición. Asimismo, en Bilbao, otro “Atleti”, el Athletic, podrá levantar la otra liga, la femenina, al cabo de unas jornadas, alejada de los focos mediáticos.

El sábado por la noche subía con mi primo por una calle de mi barrio. Mi acompañante estaba ataviado con una bufanda rojiblanca. Un automóvil frenó su recorrido frente a nosotros; y, luego de bajarse la ventanilla, se asomó un varón de edad madura y exclamó:

—¡Ánimo, eh! Joder. Yo soy del Real Madrid; pero no sé qué me da que haya ganado el Real Madrid así. Es que los penaltis… son una lotería. Habéis jugado genial, eh. Tenían que haber jugado al gol de oro…

Nos despedimos del agridulce madridista. El vehículo rompió a galopar por el largo paseo de las Acacias. Mi barrio, quizás por su cercanía al Vicente Calderón, estaba teñido del abatimiento y de la desilusión que planeaba sobre los pupilos de Simeone. Un grupo de jóvenes aderezados con ornamentos bermejos y albos yacían hundidos sobre unos soportales. El pequeño grupo de jóvenes entristecidos bebía con acritud. Al ver a mi primo, partícipe con sus vestes de la derrota, sonrieron con amargura.

Por la noche, con la malicia que sienten los desleales deportivos, marqué el número de un gran amigo fanático del Atlético. No descolgó la llamada. Tampoco tardó en enviarme un lacónico mensaje, vía WhatsApp, que rezaba: “Como me vuelvas a llamar, te bloqueo”. Yo le contesté: “¿Y si me pasara algo grave?” A su vez, éste me respondió, tajante: “Pues te jodes. Hoy no estoy para nadie. Buenas noches.” Todavía, a tenor de las últimas conversaciones, arrastra la rabia de San Siro.

Al día siguiente, domingo, según los calendarios, coincidí con uno de los privilegiados socios del Real Madrid que había “pernoctado” en  el coliseo Giuseppe Meazza. Me habló con pena de la undécima. Incluso me confesó que había sentido cierta tristeza por la pérdida del Atlético. Acto seguido, me aseveró que le hubiera producido más dolor haberse quedado en la décima.

La solidaridad atlética no termina en una final disputada por dos dignos campeones. Todo lo contrario: empieza en Bilbao. El Athletic, líder de la liga femenina, tuvo que suspender la comparecencia del entrenador porque no asistió ni un solo medio de comunicación. “Es normal —aclaraba un amigo, asiduo a la manifestaciones feministas a la par que a los encuentros de la Ribera del Manzanares—; esa liga es de segunda `b´ o de tercera…” La Dirección de Juventud y Deportes del Gobierno de País Vasco lo desmintió, concluyendo que “no reflejan ni la cantidad ni la calidad del deporte practicado por las mujeres”. Y no es falso: en mi colegio de primaria, había una muchacha, actual jugadora profesional, que era elegida siempre la primera, por delante de puñados de hombrecitos enamorados de Ronaldo el brasileño, Ronaldinho, Raúl, Xavi, Beckham, Henry, Zidane, Van Bommel, Casillas, Figo o el Niño, cuando lo era.

A Luis Enrique le llueven —o diluvian— periodistas, incluso para atravesar el paso de cebra. En cambio, Joseba Agirre ha de hacer frente a la incomprensión de una sociedad a la que le quedan algunos pasos para alcanzar la igualdad plena. En lontananza, está el reflejo de Estados Unidos, pionero en la difusión del deporte femenino. La solidaridad atlética que nace en el santuario colchonero continúa en la capital vizcaína y culmina en mi promesa de seguir la temporada que viene el fútbol femenino.

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