¿Cuándo comienza la comunicación humana? Durante décadas, buena parte de la investigación en psicología del desarrollo ha situado ese inicio en la aparición de conductas claramente intencionales, como señalar un objeto para compartir la atención o dirigir la mirada de otra persona hacia algo.
Sin embargo, un nuevo artículo firmado por Ana Moreno-Núñez, investigadora de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), propone mirar más atrás: hacia los primeros meses de vida. El trabajo, publicado en la revista New Ideas in Psychology, plantea una reconsideración de cómo entendemos los primeros intercambios comunicativos de los bebés.
Frente a los enfoques tradicionales, la autora sostiene que la construcción de significado comienza desde los primeros meses de vida a través de las interacciones cotidianas que los bebés mantienen con las personas y los objetos de su entorno. Más que adelantar el momento en que comienza la comunicación, el artículo propone replantear qué entendemos por comunicación desde el inicio de la vida.
Una nueva mirada a las interacciones tempranas
La propuesta se centra en las llamadas interacciones triádicas tempranas, aquellas en las que participan simultáneamente el bebé, otra persona y algún elemento del entorno material, como un juguete o un objeto cotidiano.
Tradicionalmente, este tipo de interacciones se ha considerado un logro relativamente tardío del desarrollo, asociado a la capacidad de compartir la atención sobre un objeto. El artículo cuestiona esta idea y plantea que estas configuraciones aparecen antes de lo que se pensaba y constituyen el contexto en el que comienza a construirse el significado compartido y, con él, la propia comunicación.
El artículo sostiene que uno de los límites de los modelos clásicos es que tienden a identificar la comunicación con la capacidad de expresar intenciones de forma explícita. Esta mirada puede dejar fuera procesos previos que hacen posible que esas intenciones lleguen a desarrollarse.
Antes de que un bebé pueda señalar o compartir deliberadamente la atención sobre algo, ya participa en experiencias compartidas con otras personas. En actividades tan cotidianas como mostrar un objeto, moverlo rítmicamente o cantar mientras se manipula, adultos y bebés construyen formas de participación conjunta que constituyen formas tempranas de construcción compartida de significado.
Objetos, ritmo y afecto
El trabajo propone entender estas interacciones no como simples antecedentes, sino como escenarios donde comienza a organizarse el significado compartido. Un juego con un sonajero, una canción acompañada de movimientos corporales o una secuencia repetida de acciones alrededor de un objeto pueden convertirse en espacios de coordinación entre bebés y cuidadores. En esta propuesta, los objetos no son simples apoyos para una comunicación que llegará más adelante, sino elementos que median y configuran la construcción de significado entre bebés y adultos.
Desde esta perspectiva, gestos como señalar o compartir atención no constituyen el punto de partida de la comunicación, sino la expresión visible de procesos de coordinación corporal, afectiva y material que llevan meses desarrollándose. Es por ello que el artículo plantea que el significado se construye por capas, de manera que nuevas formas de comunicación reorganizan experiencias compartidas previas en lugar de sustituirlas.
El artículo identifica tres dimensiones especialmente importantes en estas primeras formas de participación compartida. La primera es la materialidad: los objetos no son elementos pasivos sobre los que recae la atención, sino que sus características, movimientos y posibilidades de uso contribuyen activamente a organizar la interacción.
La segunda es el ritmo. Mucho antes de utilizar palabras, bebés y adultos coordinan movimientos, miradas, vocalizaciones y acciones siguiendo patrones temporales compartidos. Estas dinámicas ayudan a sostener la interacción y a crear expectativas sobre lo que ocurrirá a continuación.
La tercera dimensión es afectiva. Las expresiones faciales, el tono de voz, la proximidad corporal o los cambios en la intensidad de la interacción permiten que bebés y cuidadores ajusten sus estados emocionales y mantengan formas de coordinación mutua.
Implicaciones para estudiar la comunicación
La propuesta también tiene implicaciones para la investigación y la forma de estudiar el desarrollo comunicativo. Si la comunicación comienza en estas dinámicas de participación compartida, los métodos centrados solo en registrar conductas aisladas pueden dejar fuera aspectos esenciales del proceso.
Por ello, el artículo defiende la necesidad de prestar mayor atención a las interacciones cotidianas en contextos naturales, analizando cómo se coordinan los cuerpos, los objetos, los ritmos y las emociones a lo largo del tiempo. Más que buscar el momento exacto en que aparece una determinada habilidad, este enfoque invita a observar cómo se construyen progresivamente las condiciones que hacen posible la comunicación humana.
En conjunto, el trabajo propone un cambio de perspectiva sobre una de las preguntas fundamentales de la psicología del desarrollo. Más que situar el origen de la comunicación en un momento concreto, invita a reconsiderar qué entendemos por comunicación desde el inicio de la vida. Desde esta perspectiva, el significado comienza a construirse en las experiencias compartidas entre bebés y adultos, mediadas por los objetos y el entorno material que los rodea.
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Referencia bibliográfica:
Moreno-Núñez, A. (2026). Co-constructing layers of meaning: Early triadic interactions at the threshold of intentionality. New Ideas in Psychology, 81, 101234. https://doi.org/10.1016/j.newideapsych.2025.101234.
