No es Cabify, no es Uber… es el mercado

por Aida dos Santos, politóloga por la Universidad Complutense de Madrid y especialista en Investigación Social Aplicada y Análisis de Datos por el Centro de Investigaciones Sociológicas.

Empezaré citando a un pensador maño: “A mí me gusta la oreja a la plancha, las derrotas del Madrí y las facturas con IVA”.

Con esta premisa hay muchísimos usuarios y usuarias que se decantan por el Taxi en lugar de empresas de VTC como Uber y Cabify.

Dejando para el final el debate estéril de dónde cotiza cada uno, el precio de las licencias y demás falacias populistas… vamos al debate real: ¿esto es una reclamación de derechos laborales? Es el mercado, amigo.

Corría el año 2012, yo era una cría con flequillo en Somosaguas y recuerdo un titular del periódico de las grapas “Atocha, una trampa para los taxistas”.

Bajo la rúbrica de Adrián Delgado aquel 2 de abril se denunciaba el exceso de taxistas en la principal estación de tren de España, que se quedaban allí esperando a algún despistado con maleta, en lugar de conducir sin rumbo por las calles de la capital.

La reclamación de algunos taxistas, por aquella época en la que llegaban a coincidir 300 vehículos en el mismo sitio, se resumía en eliminar el parking público de Atocha para que fuese una macro parada de taxis en la que pudiésemos elegir entre 500 conductores cuando bajamos del AVE.

Pero de este artículo, lo importante era la crítica al servicio de transporte público. Denunciaban que la aparición del servicio del aerobús les había quitado clientes.

Los taxistas entran en el debate del precio del abono transporte en las ciudades, siempre les parece demasiado barato como aparecían las reclamaciones del gremio en 2010 recogidas por Javier Costas para Motorpasión, les parece competencia desleal.

En 2005 se autorizó la entrada de “gestores” en las licencias de taxi, y la Cadena Ser recogía en 2016 que Madrid tenía más licencias que París y que se estaban trabajando 16 horas al volante porque habían aparecido nuevos conductores que se unían al oficio a los 57 años de forma asalariada. Simplemente, un exceso de oferta del servicio taxi y una bajada de la demanda debido a la crisis, les había precarizado.

Resumiendo, gremio (hay que llamarlo gremio porque parece propio de otro siglo) taxista no quiere que haya transporte público porque es más barato, no quieren que haya parking en Atocha para que no se pueda acudir en vehículo privado (y porque necesitan ese espacio para aparcar 500 taxis), no están a favor de los servicios de chofer de las empresas, no les gusta que haya taxistas de “sangre sucia” (que en realidad no son dueños del taxi que conducen sino empleados de un taxista que en lugar de vender su licencia por lo que cuesta un piso en Oropesa ha contratado en precario a un conductor)… Parece que lo que no les gusta es la competencia.

Reclaman más acción política, critican las relaciones entre el principal inversor en licencias VTC y el Partido Socialista, pero se olvidan de la subvención encubierta al gremio que suponen los tiques de taxis que tienen Diputados y Senadores en Madrid. ¿Les contarán a ellos cuando los llevan al hotel al terminar los Plenos sus inquietudes laborales? ¿Aguantan las Diputadas mansplaining como aguanto yo? ¿Si mantuviese mi acento extranjero en los monólogos del taxista seguiría escuchando que las fiestas de San Isidro son peligrosas por la inmigración? ¿Los conductores de Cabify también dicen eso de “mujer tenía que ser” ante una salida lenta en un semáforo?

El taxi no tiene nada que hacer ante una generación exigente y digitalizada. Como no ha tenido nada que hacer la prensa escrita, el pequeño comercio o la industria manufacturera, o desaparece o se precariza en su versión online.

La competencia se abre camino vía App, el discurso del gremio no cala entre quienes ligan pasando pantallas y nunca han hecho cola en el Banco. Hay toda una generación de usuarios que no quieren escuchar la cadena Cope, ni que se culpe a los gobiernos de la izquierda de sus pesares, toda una generación que no quiere conversación de un extraño mientras va del punto A al punto B porque prefiere ver torsos de desconocidos en una pantalla de 5 pulgadas, de mujeres que no quieren que les expliquen cosas desde el volante, y de madrileños hartos de que les tomen por extranjeros y les ofrezcan rutas turísticas, a mi generación no le pueden dar lecciones de empleo precario.

Ya sabemos que las App de las principales VTC en España no tributan en España, pero sí que los autónomos (falsos, pero trabajadores autónomos a todas luces) que los conducen sí pagan aquí sus impuestos, no tenemos muy claro donde pagan las apps del gremio del taxi, porque tampoco les interesa.

No es Cabify, no es Uber… es el mercado, amigo.

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