La importancia de perdonarse

por Marcos Carrascal

Somos imbéciles; eso es una obviedad. Cometemos errores; eso es una obviedad. Somos imperfectos; eso es una obviedad. A veces, nos queremos morir por un instante que nos devora; eso es una obviedad. En ocasiones, arruinamos lo que creemos nuestra vida por un momento; eso es una obviedad.

Sin embargo, el peor juez es uno mismo. Desde la más tierna infancia, se nos ha impuesto la creencia de que tenemos que ser la mejor versión de nosotros mismos. Y esta mejor versión no es otra que un tipo diferente a uno mismo: más alto, más delgado, más guapo, sin granos… ignorante de las derrotas, desconocedor de la tristeza… En definitiva, ese temible juez juzga a tenor de alguien que no existe: tu inexistente perfección. Y ahí nace la inseguridad, el miedo a lo desconocido; el terror a lanzarnos a un abismo.

Se nos acusa de que no respondemos a los cánones a los que estamos llamados. Tenemos que tener una vida de anuncio, un físico de Hollywood y una ética intachable: en definitiva, no puede haber contradicción alguna entre el barro y el cielo. No obstante, tropezamos y caemos. Y, después de levantarnos, volvemos a tropezar y a caer. Esta última vez, con unas consecuencias que nos arrollan, que nos destruyen, que tiñen de oscuro el horizonte por el que habrá de avanzar nuestra biografía. Y brota el juez —ese maldito juez que han plantado y que es antónimo de la conciencia, mansa y educadora, que nos enseña a crecer— que sentencia nuestra muerte… en vida. Ese juez que no perdona; nos hace responsable de nuestros actos y de actos de los que no somos responsables.

Para avanzar, para volver a levantarse, no hay que ser guapo ni tampoco inteligente. Basta con dejar de ser idiota. Idiota proviene del idiotes griego —ιδιωτης—: la persona que no sale de sus intereses para ocuparse de los asuntos públicos. En nuestro castellano: la persona que solo se mira su ombligo. Tan egoístas nos han intentado hacer, que ese inmisericorde juez reside en nuestro ombligo y nos somete a torturas imposibles de soportar. Para avanzar, para volver a levantarse, hay que mirar hacia adelante, huir de nuestro ombligo, de nuestros intereses y encaminarse a los problemas que han provocado nuestros actos, no para llorar y salmodiar en vano; sino para encargarse del asunto. Esa transición se llama “perdonarse”.

Sin el perdón, una mala decisión planeará sobre nuestra vida hasta que ésta fine. Y el perdón es bueno que nos lo den aquellos a los que hemos ofendido; pero, si no nos lo damos nosotros a nosotros mismos, habremos sido víctimas de la idiotez más mayúscula: estaremos muerto. Antes de mendigar perdones externos, hemos de transitar por el dolor y aprecia la luz que resplandece en lontananza. Si no, ¿de qué servirá? Es como aquel ciego que pedía gafas para ver: un sinsentido. En cambio, aquel que se sabe perdonarse es aquel miope que pide gafas para poder apreciar la belleza de la vida.

Perdonarse es un deber para con nosotros mismos que tenemos todos los mortales imperfectos. No implica facilidades ni aplacamiento de la culpabilidad que la conciencia —educadora y mansa— nos prodiga. Empero, perdonarse es necesario para seguir viviendo. Nadie dijo que dejar de ser un idiota en un mundo de idiotas fuera fácil. Todo lo contrario. Saber ir a contracorriente es muy complicado; ser normal en un mundo de idiotas es muy complicado. Pero este desafío a los dogmas sociales y al veneno inoculado por la Humanidad es imprescindible para que nuestro camino no se trunque y continúe. En el perdón a uno mismo se juega la vida entera, la vida con mayúsculas; la vida que sale de nuestro ombligo para ir al encuentro de la realidad.

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