Vistalegre III: Unidad o muerte

por Marcos Carrascal

Me decía un viejo comunista que había sufrido el autoritarismo franquista en la cárcel que “la izquierda solo está unida en la cárcel”. Basaba esta sentencia en su experiencia: la unidad de grupos comunistas frente al franquismo desapareció cuando arrancó la democracia. En esos años en los que habían de conquistar el poder, de asomarse al sueño de controlar el país, la fuerza comunista se fragmentó: el todopoderoso PCE, la LCR —Liga Comunista Revolucionaria—, el PT —Partido del Trabajo—, el PC(m-l) —Partido Comunista (marxista-leninista) —, el PCOE —Partido Comunista Obrero Español—, luego el PCPE —Partido Comunista de los Pueblos de España—… Por no mencionar las fuerzas a la izquierda del PSOE de ámbito regional, que cuentan también con su mosaico particular. Solo hay que echar un vistazo a Carvalho en Asesinato en el Prado del Rey, que transmite esa resignada y agria crítica de su creador, Vázquez Montalbán, cuando, al hablar de los comunistas, inquiere con una miscelánea de gracia y de desdén: “¿A cuál de los cinco o seis partidos comunistas te refieres?”.

La situación no ha cambiado mucho. Treinta y muchos años después, surge una fuerza con vocación de cambiarlo todo y abrir el candado del 78: Podemos. El triunfo de Podemos en el ala izquierda del tablero trajo consigo la esperanza de una gran parte del Electorado, deseoso de que unas siglas vertebraran ese sentir a la izquierda del PSOE. Pero parece que los augurios del viejo comunista se prolongan en la senda de las décadas. Hace poco más de un año, este joven partido vivió su primer amago de cisma: Errejón contra Iglesias; una forma de entender Podemos contra otra. Se selló una paz que, a todas luces, se advertía artificial, con unos claros vencedores —Iglesias, Montero, Espinar, Mayoral, Vera, Belarra…— y unos translúcidos perdedores —Errejón, Tania Sánchez, Maestre, Bescansa, Alegre…—. Una paz, sin embargo, no muy distinta a la que selló el PSOE con la incontestable victoria de Pedro Sánchez y que impera en el tambaleante PP de Sáez de Santamaría y —o, mejor dicho, versus— Cospedal.

A todos nos sorprendió que esta semana pretérita, con Cifuentes todavía cabalgando por los titulares y siendo rea de la incredulidad de sus correligionarios y las críticas y enfados de sus votantes, en Podemos volvieran a reclamar la atención de los medios… ¡para mostrar su débil paz! Unos días atrás, Iglesias había sido tajante: “ni una tontería, Íñigo”. No tenía que haber disparado a Íñigo; sino a Bescansa. La célebre estratega de los primeros años de Podemos, caída en desgracia por su distanciamiento de Iglesias, subió un documento en el que explicaba cómo una alianza con Errejón podría usurpar a Iglesias y a su concurrencia la corona de la formación morada. Sus excusas suenan pueriles; pero más pueril suena la situación. Parece algo surrealista: una suerte de película de Buñuel. Vázquez Montalbán se iría llorando a casa; él, describiendo sesudas tramas, y la realidad le arroja este argumento más propio de rapaces de cinco años.

La situación ha sido desenlazada con generosidad por parte de Iglesias y con responsabilidad por parte de Errejón. No obstante, parece obvio que no se puede dilatar más esta situación. Vistalegre III urge, y ahí los inscritos —con sus líderes— han de dirimir si quieren un Podemos unido, capaz de competir con el PSOE por un nutrido nicho de votos como al principio, o quieren continuar con otra temporada más de Juego de Tronos que reduzcan a esta formación a la irrelevancia más absoluta.

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