El mar

por Marcos Carrascal

No hay playa en Madrid, nos recuerda una canción. Maldita verdad. Parece que solo extrañamos la costa durante la canícula del verano. Sin embargo, hay momentos durante el curso que la angustia, el estrés, el miedo y/o la tristeza nos estrujan, y necesitamos ver la fuerza del oleaje: saber que el poderoso piélago devora cualquier rémora de la tierra de este mundo.

No hace calor. Todo lo contrario: llueve. Pero quiero perderme por las cosas aventadas de Galicia, subirme en alguno de esas naves que surcan el océano y partir, rumbo al Horizonte, rumbo al Fin de la Tierra, rumbo a Finisterre. Quiero que el gélido frío horade mis riñones y rompa mis costillas; pero que me aleje de la fábrica en la que vivo.

Y si Galicia se ha puesto de moda merced a un libro secuestrado por un juez, no pasa nada. Siempre estará la playa de la Concha de Donosti. Desafiar los bofetones del cantábrico y atravesar la muralla hidráulica, sin dirección. A poder ser con un bertsolari que susurre a mi oído versos en euskera; versos que no entienda pero que alberguen tal musicalidad que exciten mis sentimientos. Y seguir adelante; seguir hasta perdernos en el reino de Neptuno. Que nos vengan a buscar si es que pueden.

No se enfaden los mediterráneos. Su agua más templada y mansa es, quizás, menester para el verano. No obstante, aprovechando que Valencia va a incendiarse en fallas próximamente, vamos a sumergirnos en la ciudad del Turia para desembocar en el grau e introducirnos cuales polizones en un bote que nos sumerja en el Mar Mediterráneo, en el mar de los romanos.

Podemos descender a Andalucía y situarnos en el Estrecho de Gibraltar y, sin barco ni nada, con valor y locura, como esa que invadió al genial David Meca, cruzar a nado la pequeña mancha que divide Europa de África. Incluso, ésta puede ser la mejor opción: el mar nos zambullirá y nos fundiremos en él. Empero, tanta fundición puede terminar con nuestra existencia; así que es poco recomendable.

Madrid, Madrid, Madrid. Esta fábrica que nos aturde y ensordece. Madrid, Madrid, Madrid. Qué necesitados estamos de echarte de menos de vez en cuando. Y qué morriña de mar de repente, ¿eh? Qué morriña de jurar vasallaje a Poseidón. Qué morriña.

Señora Carmena, ya puede usted tomarse en serio ese deseo milenario de los matritenses: tener playa. Playa de verdad; no el boceto de Gallardón. Playa en la que la serenidad nos abrace y libere a los miles de guerreros del mar que combatan a la contaminación, a las nubes y mantas grises que envenenan nuestros cielos.

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