El precariado

por Aida dos Santos

El precariado no es más que una masa de trabajadores y trabajadoras que tienen un empleo por debajo de su formación y muy por debajo de las expectativas prometidas a su generación. En su mayoría es joven, en su mayoría mujeres.

Durante los primeros años de la crisis económica, porque esto tuvo un inicio, se subían salarios en las grandes empresas al mismo tiempo que se cerraban PYMES, hagan memoria, hasta 2012 los salarios nominales crecieron un 10% (excepto en el sector público), se llegaron a firmar ERES de 90 días de indemnización mientras los autónomos echaban definitivamente el cierre.

Se reguló la situación según el precio del despido, y los jóvenes fueron los primeros en perder el empleo, tanto ellas como ellos desaparecieron de los convenios colectivos, se les prometió enormes ventajas siendo trabajadores por cuenta propia.

El precariado nunca imaginó serlo, los que nacieron en la década de los 80 y 90 crecieron con la promesa de ser lo que les diera la gana de ser. Hasta que la brecha generacional con sus padres les puso los pies en el suelo.

Se habla mucho de la brecha salarial entre hombres y mujeres, y de la mínima subida de pensiones de este 2018. Pero el verdadero drama que hipoteca a España es la brecha y la dualidad laboral que padecen los jóvenes, y por ende, doblemente las mujeres.

La mujer del precariado es una mujer con estudios universitarios que acaba haciendo un curso de protocolo sobre donde coloca la cuchara de postre en distancia a la cuchara de café y un curso de excelencia telefónica para decir con voz dulzona y sin tono plano que tras la venta del banco sus acciones no valen nada, porque la mujer que no trabaja es por que no quiere. El hombre del precariado también tiene estudios superiores y hace un curso de carretillero porque para organizar las compras que los otros pueden hacer en Amazon siempre hace falta gente.

Jóvenes del precariado que no conocieron los juernes universitarios, que no se pudieron permitir un Erasmus ni un triste verano en Canterbury para aprender idiomas, pero que acaban teniendo el mismo empleo que los que dejaron el instituto con 16 años, y con el mismo salario de hace veinte años.

Hay que hacer memoria para poder recordar que en la crisis de los 90 nuestros padres también necesitaron dos empleos para sacarnos adelante, que las madres solteras no tenían vacaciones, y que el ideal americano del ama de casa que no trabajaba no se daba más que en las películas.

La situación que sufrimos los jóvenes a costa de dos reformas laborales que lejos de acabar con la dualidad la han incrementado empieza a demostrar sus efectos. Tenemos una población cada vez más vieja y menos feliz.

Se abrazan valores de la posmodernidad y de la posverdad hasta el agotamiento. Toda una generación sin dios, ni patria, ni amo, ni señor que se pasan de semana en semana el artículo de “la generación que no quiere tener pareja”, “la generación que quiere vivir en una caravana”… como si salud, dinero y amor fueran variables independientes entre sí.

Se inventan términos nuevos para entretener al precario y a la precaria entre idioma e idioma nuevo, apps que cuestan 2’99 euros para aprender idiomas porque poco más puede pagar el trabajador que ha resumido su vida laboral en alta el lunes, baja el viernes.

La profunda indignación que inundó hace ya casi ocho años las calles de Madrid bajo el lema de “juventud sin futuro” parece que ahora prefiere combinar la ropa del rastro bajo el concepto Hipster y arreglarse la barba frente al espejo de un piso compartido (sin ascensor, sin calefacción, y con la acústica perfecta para compartir experiencias precarias por el patio de luces) con otros cinco como si todavía fuese un estudiante de primero de periodismo y no tuviese ya 33 tacos, la indignación ahora la canaliza un HBO y un Netflix pagado poco más que con un crowfunding.

Si algo es nuevo de esta nueva etapa de la crisis (porque como bien se refleja en “Un Franco, catorce pesetas”, este país siempre está en crisis) es que la mitad de los jóvenes están en paro, es decir, la mitad de la juventud que quiere trabajar no tiene trabajo, lo que es muy grave si pensamos que hay jóvenes que ya se han dado por vencidos y siguen en casa de sus padres siendo población inactiva, encadenando un máster con un CCC. La mitad de los jóvenes que trabaja, tiene un 90% de posibilidades de tener un trabajo por debajo de su formación, y ese 10% al que al parecer le ha tocado la mano mágica e invisible de Adam Smith, cobra menos que sus iguales porque tiene un contrato de formación, y cobra menos de los que menos cobran, en el caso de las mujeres.

Cada vez que están en un trabajo precario escuchan de tus jefes esa famosa frase, esto son lentejas, y si no tengo ahí fuera cientos de personas desesperadas por coger tu puesto de trabajo por menos dinero. Cómo si les hubiese tocado la quiniela con ese trabajo basura y fuesen el ganador de los juegos del hambre. Un secreto, cuanto más paro, más precariedad de las condiciones de trabajo, de toda la vida, ya lo dijo Marx en el siglo XIX.

Y aún con estas pequeñas pinceladas, quieren vendernos que la precarización y el desempleo son fenómenos independientes. Como si la mano nos tocase con un dedo para contratarnos y pagarnos por encima de convenio y pagando las horas extras, olvidando que por cada joven trabajador que se atreve a ejercer sus derechos laborales, hay cientos que reniegan de sus derechos con tal de subir al Instagram un selfie bajo el rótulo “work, work, work”.

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