La otra dimensión

por MARCOS CARRASCAL




Les hablo desde la otra dimensión. El domingo 26, España se acostaba de una forma para despertarse distinta. Amén de las elecciones, la derrota del combinado nacional y la anticipada ola canicular que asola nuestro país nos han transformado. La prensa, digital e impresa, fulgía un abundante flujo de noticias. Parece que el cansancio veraniego se puede aparcar para conversar sobre política, fútbol o las mutaciones climáticas.

Yo tuve la desventura —aunque luego supe de su venturanza— de que mi inseparable Sancho electrónico, mi móvil, sufría una parálisis. Esta enfermedad del dispositivo terminó por impedir que lograra, tan siquiera, esbozar la pantalla blanca. Asumí que mi preciado Doctor Watson particular había fallecido. Así las cosas, peregriné hacia la catedral de mi compañía telefónica, en busca del Santo Grial que resucitara a mi Lázaro de Tormes. Cargaba con el minúsculo cadáver, envuelto en la malla que lo protegiera de pretéritos ataques. De esta forma, mi móvil se desvaneció.

Súbitamente, regresé a los años en los que la impaciencia era censurable y no la dieta diaria. Retorné a esos tiempos en los que los juglares aún combatían contra la mensajería instantánea. Me perdí en ese legendario pasado en el que una serpiente —snake, en inglés— eclipsaba a cualquier tipo de diversión. Caí en esa época en la que había que pagar unos pocos céntimos para conversar limitadamente con un contacto mediante un SMS. Arribé a esa edad en la que las nuevas sólo cabían en los rotativos y en los telediarios.

Era Isabel I de Castilla en una discoteca; Lenin en un Burger King; Velázquez en el Museo Reina Sofía; Bach en un concierto de música punk; Fernando III en Lavapiés. Era un ser de otra dimensión. Alrededor de mi inexistente persona, circulaban conversaciones que tendría que haber leído.

—¡Qué fuerte! Yo escribiéndote, y tú ignorándome.

—Estás desaparecido del mundo.

—¿Qué te pasa? ¿Te estás desintoxicando?

Esas eran frases que escuché ayer, cuando vi a mis amigos. Ciertamente, es un tanto peculiar vivir en este siglo de nuevas tecnologías con viejas tecnologías —datadas de 2008; pero viejas—. No obstante, es precioso escuchar la voz de una persona al hablar con él, más allá de un audio permanente y rígido. Es precioso desatender los estruendos que nos circundan, para refugiarte en la cueva de la serenidad de las vacaciones. Es hermoso leer cascadas de letras que forjan arte, y no rutina. Quizás, alberga la magia de quien se separa de la cotidianidad, y alza la rebeldía.

Desde el otro lado del universo, desde la otra dimensión que la NASA nunca descubrirá y que ya ha sido conquistada, os despido. Asimismo, sin ánimo de convertir este artículo en una perorata o una homilía, animo a todos los lectores a armarse de valor y traspasar la línea que fractura la dimensión. Aquí os espero yo, con un libro bajo mis brazos, el mar acariciando intermitente y lentamente mis pies y con vuestras voces acariciando mis cabellos, en lugar de las brisas negras de los hábitos.

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